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Las ruanas -los ponchos de lana cruda que emplean los campesinos de las tierras frías de Colombia- se convirtieron en el símbolo del paro agrario.

Fue convocada originalmente como una marcha campesina, pero cuando el 29 de agosto de 2013 los labriegos finalmente entraron a Bogotá, a su protesta ya se habían sumado los descontentos más variados.

Enfundados en sus ruanas –los ponchos de lana cruda propios de los campesinos de esta zona de los Andes– ese día por las calles de la capital marcharon productores de cebolla, leche y papa, al lado de caficultores, arroceros y cortadores de caña.

Pero también protestaban sindicalistas y movimientos sociales, transportistas y maestros, trabajadores de la salud y estudiantes.

Protesta en Bogotá

La marcha empezó de forma pacífica con la participación de campesinos, sindicalistas y estudiantes.

Todo parece indicar que fueron estos últimos los que desencadenaron la violencia, aunque todavía hoy manifestantes y autoridades prefieren acusar de la misma a diferentes "infiltrados".

De lo que no cabe duda, en cualquier caso, es que los disturbios iniciaron hacia el final de la tarde en la céntrica Plaza de Bolívar, con enfrentamientos entre policías y grupos de encapuchados, quienes también se dedicaron a romper los cristales de las estaciones de Transmilenio y los edificios cercanos, en medio de las nubes de gases lacrimógenos empleados por las autoridades.

Aunque, a esas horas, yo ya no estaba ahí, salvado o perjudicado por la tecnología, depende de cómo quiera mirarse.

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Por sopresa

Efectivamente, ese día estrenaba una aplicación desarrollada por la BBC –PNG, Portable News Gathering– que nos permite enviar videos, audios y fotografías a los sistemas que alimentan a nuestros estudios en Londres directamente desde los teléfonos celulares.

Pero a media tarde –luego de pasar varias horas capturando imágenes de la marcha, que transcurría pacífica, y recogiendo testimonios de los campesinos que exigían más apoyo por parte del gobierno para hacer frente a unos costos de producción cada vez más altos y las importaciones de alimentos cada vez más baratos– la batería de mi iPhone ya estaba casi completamente agotada.

"El tal paro nacional agrario no existe"

Juan Manuel Santos

Y las limitaciones de la red 3G de Bogotá también había hecho que la transferencia de los archivos se convirtiera en una experiencia excesivamente lenta y tremendamente frustrante.

Así, fue en mi oficina de Chapinero, al lado de un tomacorriente y una conexión de internet de alta velocidad, que me sorprendió –no hay otra palabra– el repentino estallido de violencia que tal vez injustamente logró que el mundo le pusiera más atención a las reivindicaciones del campo colombiano.

Más cuando al día siguiente, y luego de una jornada que dejó al menos dos muertos y 150 heridos, el presidente Juan Manuel Santos le ordenó al ejército colombiano salir a patrullar las calles.

Digo "injustamente" porque para entonces el paro agrario ya llevaba once días y los reclamos desesperados de los agricultores colombianos se habían venido sucediendo a lo largo del año.

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Paro agario en Colombia

Las protestas de los campesinos encarecieron los precios de algunos alimentos.

Pero generalmente alejadas de los grandes centros urbanos, desperdigadas, y a menudo descalificadas desde el oficialismo por supuestas "infiltraciones" de la guerrilla que todavía es parte de la realidad cotidiana del campo colombiano, las protestas campesinas nunca habían logrado capturar la atención de esta manera, ni en Bogotá, ni a nivel internacional.

"(Los campesinos) no tienen capacidad para afectar la economía o la gobernabilidad. (Las suyas) no son protestas masivas de estudiantes que te paren las ciudades", me había asegurado un analista tan solo un mes antes, cuando lo entrevisté para un artículo que terminé titulando "La 'primavera colombiana' se queda en el campo".

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Y el propio presidente Santos, en una desafortunadísima frase pronunciada en vísperas de la marcha de Bogotá, se había atrevido incluso a asegurar "el tal paro nacional agrario no existe".

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¿El año del campo?

Pero el paro existía. Y se había empezado a hacer sentir en Bogotá incluso antes del estallido de violencia.

Para ese entonces, hacía varios días que los cultivadores de papa y cebolla de los departamentos de Boyacá y Cundinamarca bloqueaban varias de las carreteras que llegan a la capital, lo que había hecho aumentar el precio de varios alimentos.

Y las noticias de enfrentamientos entre campesinos y fuerzas de seguridad en esas y otras carreteras, en varios departamentos del país, también se habían ido colando en los noticieros y eran ávidamente compartidas por las redes sociales, donde también abundaban las expresiones de solidaridad con los labriegos bajo etiquetas como #LoQueEsConLosCampesinosEsConmigo y #YoMePongoLaRuana.

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Protestas en Bogotá

La protesta pacífica terminó con actos de violencia que deajron al menos dos muertos y 150 heridos.

Hacía mucho, muchísimo tiempo, que el campo no se hacía sentir así en Colombia.

Y el paro agrario eventualmente terminaría confirmando a 2013 como un año de gran importancia para el campo colombiano.

Efectivamente, a finales de mayo el gobierno y la guerrilla de las FARC ya habían hecho del problema del desarrollo rural el tema del primer gran acuerdo de sus conversaciones de paz, prometiendo "el inicio de trasformaciones radicales de la realidad rural y agraria de Colombia, con equidad y democracia".

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Y la brutal caída que en los días posteriores a la protesta sufrió la popularidad del presidente Santos también terminaría acabando con esa idea, tan bogotana, de que no hay importantes costos políticos que pagar por causa de los graves problemas del agro.

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Soldado patrulla en una calle de Bogotá

La protesta provocó la militarización de la capital colombiana.

Al día siguiente de los disturbios me tocó volver a la Plaza de Bolívar para observar los cristales quebrados y a los soldados patrullando por las calles.

Pero a pesar de sus duras palabras en contra de la violencia, Santos –quien desde su llegada a la Casa de Nariño reconoció la necesidad de profundas transformaciones en el campo– no dejó de reconocer la justicia detrás los reclamos de los campesinos colombianos y el diálogo fue reanudado.

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Así, pronto la noticia fue el levantamiento del paro y la firma de numerosos acuerdos –¡en total 183, según el Ministerio de Agricultura!–, un triunfo tanto para los campesinos como para la protesta social, en un país donde la misma ha sido demasiadas veces estigmatizada.

Y aunque el año cierra en medio de reclamos por supuestos incumplimientos del gobierno, tal vez en 2013 los políticos terminaron de convencerse de que ya no pueden seguir ignorando los problemas del campo colombiano.

Curiosa actitud, cuando se considera que fueron esos problemas los que desataron el sangriento conflicto armado que ya está a punto de cumplir 50 años.

Arturo Wallace

BBC Mundo, Bogotá (@bbc_wallace)


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